Wednesday, August 02, 2006

NUEVO PERIODISMO


El nuevo periodismo es como una utopía. Siempre el periodismo es nuevo. Es como el ave Fénix o mejor, como esos packagings de productos en los que aparece la misma imagen, una y otra vez, hasta el infinito. Los periodistas nos referimos a veces al nuevo periodismo en sentido amplio, como periodismo actual, contemporáneo; y también nos referimos con esas palabras a la corriente que se ha llamado Nuevo Periodismo (ahora con mayúsculas), y que ya está un poquito vieja, como le pasó también a la Edad Moderna. El adjetivo Nuevo para una corriente, como Moderna para una era de la historia, terminará tarde o temprano siendo equívoco, pase lo que pase.

Los cambios tecnológicos y sociales que se están produciendo en nuestro mundo actual están provocando una revolución en los medios y en las audiencias tan profunda o más que la que tuvo lugar con la invención de la linotipia y la rotativa a fines del siglo pasado; en el siglo XV, de la imprenta de tipos móviles; o de las escrituras fonéticas unos 2.000 años antes de Cristo. Por esta razón parece más acertado -más que hablar de nuevo periodismo- referirnos a la muerte definitiva del viejo periodismo.

¿Y cuál era el viejo periodismo?, si es que hay viejo periodismo, ya que con ese concepto tan genérico de nuevo periodismo del que hablamos, también podemos decir que viejo periodismo sería periodismo de ayer no más. El viejo periodismo es en gran medida el periodismo actual, de ahora mismo.

El viejo periodismo es el periodismo fundado en el no tan antiguo principio establecido por el Guardian de Manchester en 1926, el periodismo de los hechos sagrados y las opiniones libres.

Ante este clisé reaccionó la corriente (ahora sí) del Nuevo Periodismo; el Nuevo Periodismo de Tom Wolfe y Truman Capote, el Nuevo Periodismo de los géneros de ficción en temas de no ficción. En el fondo, los fundadores y cultores del Nuevo Periodismo vinieron a decirnos que con eso de las opiniones libres y los hechos sagrados, estábamos engañando a nuestro público. La alternativa era clara: opinar o ser robots. Así es que no hagamos tanto aspaviento con eso de las opiniones y los hechos, y mezclemos de una vez por todas los géneros de opinión con los de información.

Nació de esta manera el periodismo del show, don’t tell. El periodismo que no cuenta historias interminables sin un solo adjetivo, el periodismo de las emociones, de las firmas. El Nuevo Periodismo nos dijo con bastante claridad, y también con una gran dosis de desenfado, que ni los hechos son tan sagrados, ni las opiniones son tan libres.

Podríamos enunciar este peculiar principio algo más académicamente sosteniendo que el relato de los hechos es siempre libre porque es una nueva realidad, y no la realidad misma. A su vez, las opiniones, como relato y como la misma realidad relatada, también son libres, pero con una libertad relativa, muchas veces atada a los gustos del director del medio, o del gobernador de la provincia...

Por todo esto, el principio que parece mandar hoy en las redacciones es el que impuso otro inglés, esta vez contemporáneo. Andrew Mango sostiene con total desparpajo un criterio mucho más económico que el de su colega Scott del Manchester Guardian: los hechos son opiniones, baratas.

Ha llegado finalmente la hora de confesar la verdad, mal que le pese a los directores y editores de medios: el viejo periodismo es barato, mientras que el del futuro, es caro. Aquí van algunos argumentos. Estoy seguro de que pueden ser muchos más, y que cualquiera de loslectores agregaría razones con fundamentosuficiente para integrar la lista.El nuevo periodismo es como una utopía. Siempre el periodismo es nuevo. Es como el ave Fénix o mejor, como esos packagings de productos en los que aparece la misma imagen, una y otra vez, hasta el infinito. Los periodistas nos referimos a veces al nuevo periodismo en sentido amplio, como periodismo actual, contemporáneo; y también nos referimos con esas palabras a la corriente que se ha llamado Nuevo Periodismo (ahora con mayúsculas), y que ya está un poquito vieja, como le pasó también a la Edad Moderna. El adjetivo Nuevo para una corriente, como Moderna para una era de la historia, terminará tarde o temprano siendo equívoco, pase lo que pase.

Los cambios tecnológicos y sociales que se están produciendo en nuestro mundo actual están provocando una revolución en los medios y en las audiencias tan profunda o más que la que tuvo lugar con la invención de la linotipia y la rotativa a fines del siglo pasado; en el siglo XV, de la imprenta de tipos móviles; o de las escrituras fonéticas unos 2.000 años antes de Cristo. Por esta razón parece más acertado -más que hablar de nuevo periodismo- referirnos a la muerte definitiva del viejo periodismo.

¿Y cuál era el viejo periodismo?, si es que hay viejo periodismo, ya que con ese concepto tan genérico de nuevo periodismo del que hablamos, también podemos decir que viejo periodismo sería periodismo de ayer no más. El viejo periodismo es en gran medida el periodismo actual, de ahora mismo.

El viejo periodismo es el periodismo fundado en el no tan antiguo principio establecido por el Guardian de Manchester en 1926, el periodismo de los hechos sagrados y las opiniones libres.

Ante este clisé reaccionó la corriente (ahora sí) del Nuevo Periodismo; el Nuevo Periodismo de Tom Wolfe y Truman Capote, el Nuevo Periodismo de los géneros de ficción en temas de no ficción. En el fondo, los fundadores y cultores del Nuevo Periodismo vinieron a decirnos que con eso de las opiniones libres y los hechos sagrados, estábamos engañando a nuestro público. La alternativa era clara: opinar o ser robots. Así es que no hagamos tanto aspaviento con eso de las opiniones y los hechos, y mezclemos de una vez por todas los géneros de opinión con los de información.

Nació de esta manera el periodismo del show, don’t tell. El periodismo que no cuenta historias interminables sin un solo adjetivo, el periodismo de las emociones, de las firmas. El Nuevo Periodismo nos dijo con bastante claridad, y también con una gran dosis de desenfado, que ni los hechos son tan sagrados, ni las opiniones son tan libres.

Podríamos enunciar este peculiar principio algo más académicamente sosteniendo que el relato de los hechos es siempre libre porque es una nueva realidad, y no la realidad misma. A su vez, las opiniones, como relato y como la misma realidad relatada, también son libres, pero con una libertad relativa, muchas veces atada a los gustos del director del medio, o del gobernador de la provincia...

Por todo esto, el principio que parece mandar hoy en las redacciones es el que impuso otro inglés, esta vez contemporáneo. Andrew Mango sostiene con total desparpajo un criterio mucho más económico que el de su colega Scott del Manchester Guardian: los hechos son opiniones, baratas.

Ha llegado finalmente la hora de confesar la verdad, mal que le pese a los directores y editores de medios: el viejo periodismo es barato, mientras que el del futuro, es caro. Aquí van algunos argumentos. Estoy seguro de que pueden ser muchos más, y que cualquiera de loslectores agregaría razones con fundamentosuficiente para integrar la lista.

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